Un verano de contrastes en 1925
En el verano de 1925, con 44 años, Pablo Picasso disfrutaba de una vida familiar plena junto a su esposa Olga Khokhlova y su hijo Paul. Sin embargo, su producción artística tomó un giro inesperado: de un proyecto inicial de bodegón como homenaje a las bellas artes, el lienzo evolucionó hacia una composición convulsiva y turbulenta.
El motivo central —un busto de yeso que alude a su padre, el pintor José Ruiz Blasco— se desdobló en múltiples perfiles, para capturar una intranquilidad que contrastaba con su estabilidad personal.

Una línea divisoria en su trayectoria
La pintura se considera una ruptura en la carrera del malagueño. Según el comisario Eugenio Carmona, marca el tránsito hacia una etapa más turbulenta, en la que Picasso plasma en lienzos su propio desasosiego ante los signos de los tiempos.
En los años 20 surgían regímenes totalitarios, avances en la emancipación social y tensiones sobre el arte moderno en lugares como la Unión Soviética e Italia. El tiempo se volvía no lineal y el concepto de sujeto se transformaba, lo que forzaba al artista —referente ya para los surrealistas— a replantearse el sentido mismo de la creación.

La exposición en Málaga y sus ecos
La muestra temporal Picasso, memoria y deseo, patrocinada por la Fundación Unicaja, sitúa ‘Estudio con cabeza de yeso’ (cedido por el MoMA de Nueva York) en diálogo con más de un centenar de obras.
Entre ellas destacan piezas de Giorgio de Chirico, Fernand Léger, Jean Cocteau, Man Ray y René Magritte, además de interpretaciones directas de Salvador Dalí y Federico García Lorca. La exposición, calificada como “dura y dramática”, cuenta con préstamos de instituciones como los Museos Picasso de París y Barcelona, el Centro de Arte Reina Sofía y el Centro Pompidou.
Cien años después de su creación, esta pieza discreta y rara vez exhibida sigue revelando cómo Picasso capturó —en medio de la aparente calma— la convulsión que definiría el arte del siglo XX.
Con información e imágenes de:
EFE
Europa Press