A cuatro décadas de su partida, el autor mexicano sigue influyendo en la narrativa hispanoamericana con solo dos libros que capturan la desolación rural y un estilo precursor del realismo mágico. Su obra, marcada por la violencia y la ausencia, dialoga con contemporáneos como Cortázar y García Márquez en la fusión de lo real y lo fantástico.
Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno nació el 16 de mayo de 1917 en Sayula, Jalisco, en medio de un México convulso por la Revolución y la Guerra Cristera. Quedó huérfano a temprana edad —su padre fue asesinado en 1923 y su madre falleció en 1927—, por lo que creció en un orfanato en Guadalajara, y esas experiencias fueron las que impregnaron su visión del mundo rural como un espacio de desolación y abandono. Tras mudarse a Ciudad de México en 1934, trabajó en diversos empleos administrativos, incluyendo el Instituto Nacional Indigenista, donde desarrolló su pasión por la fotografía. De ahí que supo capturar paisajes áridos y desolados, cuyas descripciones complementan su prosa.
En los años 40, Rulfo comenzó a publicar cuentos en revistas, con lo que fue desarrollando una voz literaria única. Su vida personal incluyó un matrimonio con Clara Aparicio en 1948, con quien tuvo cuatro hijos, y una carrera paralela como guionista y editor.
Obras maestras en la brevedad
La producción literaria de Rulfo se limita a dos libros esenciales: El llano en llamas (1953), una colección de 17 cuentos que retratan la crudeza del campo mexicano, y Pedro Páramo (1955), una novela que narra la búsqueda de un hijo por su padre en un pueblo fantasma. En El llano en llamas, relatos como “Nos han dado la tierra” y “Diles que no me maten” exploran temas de pobreza, venganza y fatalismo, con un lenguaje conciso que evoca la aridez del paisaje.
Pedro Páramo, por su parte, se erige como una obra pivotal, donde el protagonista Juan Preciado llega a Comala en busca de su padre, solo para encontrar un mundo poblado por ecos de muertos. La novela, con su estructura no lineal y diálogos fragmentados, captura la esencia de un México posrevolucionario marcado por el caciquismo y la impunidad. Rulfo también incursionó en la fotografía y el cine, colaboró en la escritura de algunos guiones y publicó Los murmullos (1980), un volumen de imágenes en franca cohesión con su narrativa.
El realismo mágico: precursor sin encantamientos
Aunque asociado al realismo mágico, el estilo de Rulfo se distingue por su ausencia de elementos maravillosos gratuitos. En sus obras, lo sobrenatural surge de la violencia histórica y el abandono social, no de la magia: los muertos hablan en Pedro Páramo porque en vida fueron silenciados, una manera de reflejar la desolación real del México rural. Su prosa, económica y cargada de silencios, evita el exceso para priorizar la verdad cruda sobre la ornamentación. Frases mínimas como “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre” abren mundos de memoria y muerte, donde el paisaje se convierte en protagonista.
Este enfoque precursor influyó en el boom literario latinoamericano de mediados del Siglo XX, y demostró que la fusión de realidad y fantasía podía narrar traumas colectivos sin romanticismo.
Paralelismos con Cortázar y otros maestros hispanoamericanos
Rulfo comparte con Julio Cortázar una exploración del tiempo y lo fantástico, aunque con matices distintos. En obras como Rayuela (1963) de Cortázar, la narrativa no lineal y la irrupción de lo irreal en lo cotidiano —similar a los fantasmas rulfianos— cuestionan la percepción de la realidad. Ambos autores, influenciados por el surrealismo europeo, adaptan estos elementos al contexto latinoamericano: Rulfo enraíza lo espectral en la historia mexicana, mientras Cortázar lo usa para indagar en la psicología urbana argentina, como en cuentos como “Casa tomada”.
Paralelismos se extienden a Gabriel García Márquez, quien reconoció que Pedro Páramo le inspiró para escribir Cien años de soledad (1967), obra con la que pudo elevar el realismo mágico a escala global, al describir pueblos míticos como Macondo, análogos a Comala. Alejo Carpentier, con su concepto de “lo real maravilloso” en El reino de este mundo (1949), anticipa esta fusión, pero Rulfo la hace más austera. Otros como Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz (1962) o Isabel Allende en La casa de los espíritus (1982) expanden este estilo, e incorporan elementos políticos y familiares que resuenan con la violencia estructural rulfiana.
Un legado que trasciende el silencio
Juan Rulfo Falleció el 7 de enero de 1986 en Ciudad de México, víctima de un enfisema pulmonar, y dejó un legado cuya emotividad trasciende su aparentemente escasa producción.
A 40 años de su muerte, Rulfo permanece como referente ineludible en la literatura de habla hispana. Su obra, leída en contextos contemporáneos de desigualdad y migración rural, demuestra que decir menos puede revelar más. Influencias se ven en generaciones posteriores, desde el cine de directores como Alejandro González Iñárritu hasta novelistas que exploran la memoria colectiva. Premios como el Príncipe de Asturias en 1983 reconocieron —aunque tardíamente— su contribución a las letras hispanoamericanas, para asegurar que su voz siga resonando en debates sobre identidad y violencia.
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