Woody Allen: noventa años de neurosis y genialidad en la gran pantalla

Woody Allen: noventa años de neurosis y genialidad en la gran pantalla

Woody Allen, el cineasta neoyorquino que transformó la comedia en un espejo de las ansiedades modernas. Con más de 50 películas a sus espaldas, su obra sigue desafiando tabúes y explorando el alma urbana, desde el slapstick inicial hasta los dramas introspectivos que marcaron generaciones.


 

Orígenes en el Bronx: de Allan Konigsberg al nebbish eterno

Nacido el 30 de noviembre de 1935 en el Bronx como Allan Stewart Konigsberg, hijo de inmigrantes judíos de clase media, Woody Allen creció en un entorno de discusiones acaloradas y apartamentos atestados que nutrirían su humor nihilista y autodespreciativo. Desde niño, se apasionó por la magia y el clarinete, pasiones que perdurarían toda la vida. A los 15 años, ya escribía chistes para periódicos, y a los 17 cambió su nombre a Heywood Allen para firmar sus rutinas cómicas.

En la década de 1950, Allen irrumpió en la escena neoyorquina como guionista para Sid Caesar y otros comediantes, ganando un Emmy por su trabajo en The Sid Caesar Show. Pronto, el Greenwich Village lo vio debutar como stand-up, con un monólogo que retrataba al intelectual inseguro, un “nebbish” (persona tímida, retraída y por lo general, ineficaz) erudito obsesionado con la muerte y el psicoanálisis. Tres álbumes de comedia, como Woody Allen (1964), le valieron nominaciones al Grammy y consolidaron su voz única, mezcla de Freud, Kafka y el New Yorker.

 

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Del escenario a la dirección: los primeros pasos en el celuloide

La transición al cine llegó en 1965 con el guion de What's New Pussycat?, una comedia caótica que Allen coescribió y en la que actuó memorables escenas pese a las tensiones con el director Clive Donner. Insatisfecho, decidió tomar las riendas: su debut como director fue What's Up, Tiger Lily? (1966), un experimento absurdo donde redobló una película japonesa de espías con diálogos cómicos propios.

Los años 60 y 70 forjaron su estilo slapstick y satírico. Películas como Take the Money and Run (1969), Bananas (1971) y Sleeper (1973) parodiaban géneros con gags visuales y críticas sociales, mientras Love and Death (1975) homenajaba a Bergman con precisos y sutiles toques bergmanianos. En teatro, Don't Drink the Water (1966) y Play It Again, Sam (1969) —esta última adaptada al cine en 1972— extendieron su influencia al escenario de Broadway.

 

El auge de los 70 y 80: Nueva York como protagonista y musa

El punto de inflexión llegó con Annie Hall (1977), una ruptura formal con saltos temporales y rupturas de la cuarta pared que capturó el desamor urbano. La cinta ganó cuatro Oscars, incluyendo mejor película, dirección y guion original —compartido con Marshall Brickman—, y mejor actriz para Diane Keaton , musa de la época. Manhattan (1979), filmada en blanco y negro, con un elenco estelar, elevó la ciudad a personaje icónico, para explorar ambiciones y dilemas éticos.

 

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La década de 1980 profundizó en la madurez temática. Stardust Memories (1980) reflexionó sobre la fama, mientras Manhattan Murder Mystery (1993) jugó con el misterio. Obras como Broadway Danny Rose (1984), La rosa púrpura de El Cairo (1985) y Hannah y sus hermanas (1986) —esta última ganadora de otro Oscar al guion— equilibraron comedia y drama familiar. En conjunto, esas obras llegaron a cosechar 10 premios BAFTA.

 

Éxitos tardíos y controversias: un legado bajo escrutinio

Allen mantuvo un ritmo anual envidiable, explorando Europa en Match Point (2005), un thriller moral que revitalizó su carrera, y Vicky Cristina Barcelona (2008), con un Oscar a Penélope Cruz como mejor actriz de reparto. Medianoche en Paris (2011) cosechó su tercer Oscar al guion a los 76 años, el más longevo en la categoría, mientras Jazmín azul (2013) evocó a Tennessee Williams en un retrato de decadencia social.

Su filmografía supera las 50 obras, con títulos como Crimes and Misdemeanors (1989), Bullets Over Broadway (1994) y Café Society (2016). Más allá del cine, publicó colecciones como Getting Even (1971) y Without Feathers (1975), y nunca dejó de tocar el clarinete en el New Orleans Jazz Band.

Sin embargo, el legado se tiñó de sombras en los 90, con la separación de Mia Farrow y acusaciones de abuso por parte de su hijo adoptivo Dylan, que Allen siempre negó. Tales controversias, junto a su matrimonio con Soon-Yi Previn en 1997, dividieron opiniones, aunque su influencia en el cine independiente perdura.

 

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Un nonagenario prolífico: el clarinete que no calla

A sus 90 años, Woody Allen encarna la tenacidad creativa. Con 24 nominaciones al Oscar —récord en guion original— y premios como el BAFTA Fellowship (1997), el Cecil B. DeMille (2014) y el León de Oro honorario (1995), su obra ha sido honrada por la Directors Guild y la American Philosophical Society. Documentales como Woody Allen: A Documentary (2011) de PBS revelan al hombre tras el mito: un eterno inconformista que, fiel a su rutina, prefiere el clarinete a las galas.

En un mundo de blockbusters efímeros, la neurosis alleniana sigue resonando, para no olvidar que el arte nace de las grietas del alma.

 

 

Con información e imágenes de:

Britannica

woodyallen.com

 

Vanity Fair

El Español