En toda muestra de arte moderno, cada vez más visitantes experimentan un particular sentimiento al estar frente a una instalación, una obra abstracta o una pieza provocadora. Y solo atinan a preguntarse — ¿y esto qué es?
Hoy inaugura la Feria Art Basel de París, y como en cada oportunidad que alguna de esas grandes muestras de arte moderno se pone en marcha, a la gran mayoría de los visitantes les invade esa pregunta.
Ya ha sido estudiado, analizado y universalmente aceptado que en las épocas clásicas, el arte se entendía en función de reglas: belleza, proporción, representación de lo real. Sin embargo hoy, mucho del arte contemporáneo apuesta por lo subjetivo: la obra no está pensada para “ser entendida al instante”, sino para provocar, interpelar y hasta chocar. Y a partir de allí, el observador debe deducir y obtener conclusiones.
Eso genera que muchas personas —inteligentes, curiosas, ávidas de conocer más— se sientan desconcertadas, con la sospecha de que “algo me estoy perdiendo” o “esto, más que arte, es casi una farsa”.
No es extraño que no se entienda ante la primera mirada
Es cierto que desde hace algunas décadas, ciertas piezas pictóricas o esculturas parecen haber sido creadas más para un público con formación en arte que para el visitante promedio. Por ejemplo, el crítico John Carey ha dicho que la publicidad de una bienal reconocía implícitamente que “hay que ser sofisticado para entenderlo”.
Desde el momento en que “todo puede ser arte”, hay una carga mayor de discurso externo que explica la obra: no basta con lo que vemos, se necesita saber qué quiso decir el autor, qué contexto tiene, cuáles materiales ha utilizado y por qué.
Con frecuencia, el visitante se queda con lo que perciben sus sentidos, es decir un: “¿qué me genera esta obra?”, pero se siente privado de la “clave” que la conecta con su discurso o contexto.
¿Y si el arte no fuera para "entender” sino para sentir o preguntar?
En reflexión del autor y crítico de arte español Antonio Vico Prieto, las creaciones actuales invitan a cambiar de enfoque, la percepción de una obra no puede ser la misma que, por ejemplo, la que se tiene ante un óleo del período impresionista.
Más que tratar de “entender” en sentido escolar, podría tratarse de permitirse una experiencia: “¿qué me provoca esta obra?” También propone que el énfasis vuelva a lo sensible: la emoción, la presencia, el impacto en quien la mira, y no únicamente en lo que sucede en el discurso intelectual que la acompaña.
Esto no implica que haya que renunciar a la reflexión tradicional o al contexto, sino que sencillamente esos elementos no deben ser tal vez el primer paso.
Consejos para acercarse mejor a una muestra contemporánea
No cifrar todas las expectativas en “entenderlo completamente”. Está bien, es normal y aceptable que haya momentos de duda.
Antes de buscar el significado, preguntarse: ¿qué siento al ver esto? ¿Qué me llama la atención?
Ya en una segunda fase es que debería, prestarse atención al título, al autor, al material, al contexto expositivo: esos elementos pueden abrir algunas pistas, aunque no necesariamente deberán hacer que “todo quede claro”.
No descartar la obra solo porque no se entienda al primer vistazo. Muchas piezas funcionan por acumulación, por tiempo, por conversación. Diferentes acercamientos en diferentes momentos pueden dar el ”clic" necesario para que el mensaje del autor llegue.
Entonces, sí —es normal no entender al instante una obra de arte contemporáneo. No es signo de falta de cultura, como tampoco es indicio de que el visitante “no está lo suficientemente loco”. Las reacciones —que muchos consideran poco habituales— son un reflejo ante los desafíos que plantea el arte actual. No todo responde tan sencillamente a lo bello, a lo estético, sino a lo inquietante, a lo emocional, a lo que plantea cuestionamientos. Y eso, seguramente, va a exigir otro tipo de mirada.
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