Publicada en 1877, esta colección de poemas refleja la fascinación del autor francés por la infancia, y combina humor, ternura y reflexiones profundas sobre la vida y la familia. Escrita en el exilio, captura el consuelo que halló en sus nietos tras pérdidas personales, y se mantiene como un testimonio atemporal del vínculo abuelo-nieto.
Victor Hugo, conocido por novelas como Los miserables, enfrentó en su vejez un cúmulo de tragedias familiares. Cuatro de sus cinco hijos fallecieron prematuramente, y su hija Adele permaneció internada en un asilo. En 1871, la muerte de su hijo Charles dejó huérfanos a los pequeños George y Jeanne, quienes se mudaron con su madre a la casa de Hugo en la isla de Guernsey, donde el escritor vivió exiliado por dos décadas debido a sus oposiciones políticas al Segundo Imperio francés.
Este exilio impregnó la obra con toques de añoranza por Francia y críticas veladas a la sociedad. Sin embargo, los poemas emergen como un oasis de alegría, donde Hugo se rinde ante la inocencia infantil. Como él mismo expresó: “Convertirse en abuelo es volver al amanecer”.
La dedicación a George y Jeanne
Los nietos, nacidos en 1868 y 1869 respectivamente, inspiraron directamente los 27 poemas del libro. Hugo los describe con delicadeza poética: “Jeanne tiene aire asombrado; Georges tiene los ojos audaces”. En versos como “He sido, ante los césares, los príncipes, los gigantes... y he aquí que soy vencido por un niño pequeño”, se evidencia su devoción absoluta, en un claro contraste entre su figura histórica y su humildad de abuelo.
Temas y estilo literario
La obra alterna entre lo lúdico y lo filosófico, con métrica variada que incluye canciones de cuna, diálogos infantiles y observaciones de la naturaleza. Hugo ve en los niños una proximidad divina: “Los niños pequeños estaban ayer aún en el cielo, y sabían lo que la tierra ignora”. Temas como la creación, los animales y las plantas se entrelazan con anécdotas cotidianas, como visitas al Jardin des Plantes en París o paseos por bosques.
Una vejez llena de amor, humor y ternura
Hugo se autodenomina abuelo “sin freno”, indulgente ante travesuras: lleva mermelada a la castigada Jeanne o ignora roturas de jarrones. En extractos como “Georges sueña con pasteles... y Jeanne piensa en los ángeles”, se capta el encanto gracioso de la infancia, que mitiga sus sombras personales.
Reflexiones patrióticas y existenciales
No faltan ecos de sus luchas: indignación por la “disminución trágica de Francia” o contrastes entre el mundo hostil —algunos periódicos que lo llaman “Anticristo”— y la paz que otorgan los nietos. Poemas como “Patria” reiteran su obstinación: “La derrota me hace pensar en la victoria”.
Legado y ediciones contemporáneas
El libro, traducido al español y disponible en ediciones como la de La Lucerna con 424 páginas, cierra el ciclo poético de Hugo antes de su muerte en 1885. Su vigencia radica en la universalidad del tema, con adaptaciones que resaltan su genio. Una verdadera escuela de vida y de poesía, un cierre magistral a la obra hugoniana.
En 1966, Sheila Fitzpatrick, una joven investigadora australiana, llega a Moscú para acceder a archivos restringidos durante la Guerra Fría. Sus memorias narran las dificultades de la investigación bajo vigilancia constante, con anécdotas personales sobre la vida soviética posestalinista.
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