Disparatada y mordaz
Hay películas que hacen reír y películas que hacen pensar. Dr. Insólito consiguió algo mucho más difícil: hacer ambas cosas al mismo tiempo y conseguir que la carcajada se volviera inquietante.
En 1964, cuando el mundo todavía vivía bajo la sombra de la Guerra Fría y la amenaza de una confrontación nuclear parecía una posibilidad real, Stanley Kubrick llevó a la pantalla una historia sobre un general desequilibrado que pone en marcha un ataque atómico contra la Unión Soviética. El punto de partida podía haber dado lugar a un thriller sombrío. De hecho, esa había sido inicialmente la intención del director.
Pero Kubrick descubrió que había algo profundamente absurdo en la lógica de la destrucción mutua asegurada y decidió transformar el material en una comedia negra, tan disparatada como aterradoramente plausible. El resultado fue Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, conocida en español como Dr. Insólito o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba en Hispanoamérica y ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú en los cines de España.
Más de seis décadas después, la película continúa figurando entre las grandes sátiras de la historia del cine. El American Film Institute la situó en el tercer puesto de su selección de las comedias estadounidenses más divertidas, y su importancia cultural quedó refrendada cuando fue incorporada en 1989 al National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Kubrick, entre Lolita y la conquista del espacio
Dr. Insólito ocupa un lugar particularmente fascinante dentro de la filmografía de Stanley Kubrick. Llegó dos años después de Lolita (1962), adaptación de la controvertida novela de Vladimir Nabokov en la que el director ya había trabajado con Peter Sellers, y apareció cuatro años antes de 2001: Odisea del espacio (1968), la monumental obra que llevaría su cine a una nueva dimensión y se convertiría en una referencia absoluta de la ciencia ficción. Por si fuese poco, en 1971 llevaría a la pantalla nada menos que La naranja mecánica, el polémico y disruptivo largometraje basado en la novela de Anthony Burgess.
En ese sentido, la película representa un momento decisivo. Kubrick ya era un cineasta de enorme personalidad, pero aquí terminó de demostrar una de sus grandes cualidades: la capacidad de apropiarse de cualquier género y transformarlo en algo inconfundiblemente suyo.
En Lolita, había encontrado espacios para una comedia oscura y perturbadora, aunque posteriormente consideró que las restricciones de censura habían limitado algunas de sus posibilidades. En Dr. Insólito, en cambio, esa inclinación hacia el humor negro encontró su expresión perfecta.
La dirección es de una precisión extraordinaria. Kubrick construye la película como una maquinaria que avanza inexorablemente hacia el desastre. Cada personaje cree estar actuando con lógica, cada institución dispone de protocolos y cada sala está llena de hombres aparentemente preparados para tomar decisiones trascendentales. Y, sin embargo, todo el sistema conduce hacia la catástrofe.

Esa es una de las grandes ironías de la película: el destino del mundo depende de personas, procedimientos y máquinas que, en conjunto, parecen haber perdido el control de aquello que pretendían controlar.
El extraordinario diseño de producción de Ken Adam contribuyó de manera decisiva a esa atmósfera. La gigantesca Sala de Guerra, con su mesa circular y sus pantallas luminosas, se convirtió en una de las imágenes más famosas del cine. Tan poderosa fue la creación visual que, durante décadas, ayudó a definir en el imaginario colectivo cómo debía lucir un centro secreto de poder militar.
Y en medio de ese universo de generales paranoicos, bombarderos y teléfonos rojos, Kubrick encontró el arma perfecta: Peter Sellers.
Tres hombres y un prodigio de interpretación
Si la dirección de Kubrick sostiene la arquitectura de Dr. Insólito, Peter Sellers es el gran camaleón que permite que la película se mueva continuamente entre la tensión y la farsa.
El actor interpreta tres personajes radicalmente distintos. No se trata simplemente de un juego de maquillaje ni de un recurso para sorprender al público. Cada uno posee una voz, un ritmo, una personalidad y una manera de relacionarse con el absurdo completamente diferentes.

El primero es el capitán Lionel Mandrake, oficial británico de la Royal Air Force. Educado, meticuloso y aparentemente razonable, Mandrake se encuentra atrapado en una situación que supera cualquier lógica. Su desesperación es contenida; intenta mantener las formas mientras el mundo se acerca al desastre.
Sellers convierte al personaje en un magnífico contraste con la locura que lo rodea. Su humor surge precisamente de esa moderación británica enfrentada a un caos que ya no admite protocolos ni buenos modales.
Después aparece Merkin Muffley, el presidente de Estados Unidos. Aquí Sellers cambia por completo el registro. Muffley es un hombre aparentemente serio y correcto, pero su autoridad se va revelando impotente ante la magnitud de los acontecimientos.
Una de las secuencias más celebradas de la película es su conversación telefónica con el líder soviético. Kubrick y Sellers consiguen transformar una situación de gravedad absoluta en una escena de comedia memorable: un presidente debe comunicar a su supuesto enemigo que, por una cadena de errores, Estados Unidos podría estar a punto de destruir su país.

El absurdo alcanza uno de sus momentos culminantes cuando el personaje pronuncia la célebre protesta:
“¡Caballeros, aquí no pueden pelear! ¡Esto es la Sala de Guerra!”
Una frase que resume como pocas el humor contradictorio y delirante de la película.
Sin embargo, ninguno de esos dos personajes podía preparar al espectador para el tercero.
El inolvidable Doctor Insólito
El personaje que da título a la película aparece menos tiempo en pantalla que los otros dos, pero ha terminado por convertirse en su gran símbolo.
El Dr. Strangelove, o Insólito, es un científico alemán emigrado a Estados Unidos, asesor presidencial, experto en estrategias militares y poseedor de un pasado nazi que nunca parece del todo enterrado. Está postrado en una silla de ruedas, lleva gafas oscuras y lucha continuamente contra su propio brazo derecho, que parece empeñado en realizar movimientos a los cuales estuvo obligado durante años.
Fue una creación extraordinaria, a medio camino entre lo cómico y lo siniestro. Sellers lo interpretó sin buscar la simple caricatura: bajo sus tics y sus gestos disparatados aparece la imagen de un hombre cuya inteligencia ha sido puesta al servicio de ideas monstruosas.
El British Film Institute destacó que Sellers convirtió la triple interpretación en una auténtica demostración de virtuosismo, mientras que Criterion considera la película una de las obras que confirmaron a Kubrick como un maestro de la ironía más oscura.

Además, hay una curiosidad que hace todavía más impresionante la hazaña de Sellers: originalmente iba a interpretar un cuarto papel, el del mayor T. J. “King” Kong, piloto del bombardero B-52. Finalmente tuvo que abandonar ese personaje, entre otras circunstancias, debido a una lesión en el tobillo y a las dificultades que encontraba con el acento texano. El papel terminó en manos de Slim Pickens, cuya interpretación se convirtió también en uno de los grandes recuerdos del filme.
Incluso sin ese cuarto personaje, lo conseguido por Sellers es monumental. En una misma película interpreta la cordura impotente, el poder político desconcertado y la inteligencia delirante.
Y lo hace de tal manera que el espectador deja de pensar en el truco. Después de unos minutos, Mandrake, Muffley y Strangelove parecen realmente tres personas diferentes.
Hacer humor del apocalipsis
El mayor mérito de Dr. Insólito quizá sea su valentía. Hablar del riesgo nuclear ya era una tarea seria. Convertirlo en comedia podía parecer una provocación, y sin embargo Kubrick comprendió que el humor era precisamente una herramienta capaz de revelar la locura que podía esconderse detrás de los discursos sobre estrategia, disuasión y seguridad.
La película no se ríe de las víctimas de una guerra nuclear. Se ríe de quienes construyen sistemas capaces de provocarla y luego confían en que la racionalidad humana impedirá que todo salga mal.
Por eso su humor sigue funcionando. La tecnología cambia, los nombres de los dirigentes cambian y las tensiones internacionales adoptan nuevas formas, pero permanece una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando los gobiernos ponen herramientas de destrucción masiva en manos de seres humanos que pueden equivocarse, obsesionarse o perder la razón?
Kubrick en su película nunca ofrece una respuesta tranquilizadora.
A 101 años del aquel hombre de los mil rostros
Y si Dr. Insólito sigue viva como obra maestra, buena parte de esa permanencia se debe al genio irrepetible de Peter Sellers.
El famoso actor británico nació el 8 de septiembre de 1925. La fecha invita a recordar a un comediante que hizo del cambio de identidad una de las grandes formas de su arte.
Sellers podía desaparecer detrás de una voz, un acento, unos anteojos o una forma de caminar. Lo demostró en sus colaboraciones con Kubrick, especialmente en Lolita y, de manera definitiva, en Dr. Insólito. Pero su talento para crear personajes completamente diferentes fue mucho más allá y lo convirtió en una de las figuras esenciales de la comedia del siglo XX.

Por su interpretación en Dr. Insólito Sellers recibió una nominación al Oscar como mejor actor, dentro de las cuatro candidaturas que obtuvo la película, junto a mejor película, dirección y guion adaptado. Sorprendentemente, no obtuvo ninguna estatuilla.
Peter Sellers murió demasiado pronto, en 1980, pero dejó tras de sí personajes que todavía parecen imposibles de reproducir. Y quizá ninguno resume mejor su capacidad que el trío de hombres que creó para Kubrick en 1964.
Al recordar los 101 años del nacimiento de Peter Sellers, Dr. Insólito vuelve a ofrecer la mejor razón para celebrar su talento: más de seis décadas después, sus personajes despiertan carcajadas y, al mismo tiempo, un pequeño escalofrío al comprender que, detrás de aquella risa, Kubrick y Sellers estaban hablando de algo terriblemente serio.
Con información e imágenes de:
British Film Institute
American Film Institute
The Criterion Collection
IMdB