Danny Boyle vuelve a la carga con la historia que cambió para siempre al periodismo

Danny Boyle vuelve a la carga con la historia que cambió para siempre al periodismo

El director de Trainspotting inauguró el Festival de Venecia con un frenético drama protagonizado por Guy Pearce y Jack O’Connell. La película reconstruye el nacimiento del nuevo The Sun bajo Rupert Murdoch y plantea una inquietante pregunta: ¿cuándo dejó la información de ser suficiente y comenzó la lucha por conquistar la atención?


 

Buena recepción en Venecia

El cineasta británico Danny Boyle regresó a la gran pantalla con Ink, un drama histórico que utiliza el nacimiento del tabloide británico The Sun para hablar, en realidad, de un fenómeno mucho más contemporáneo: la transformación de las noticias en espectáculo.

La película tuvo su estreno mundial el pasado 2 de septiembre como filme inaugural de la 83.ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia, donde compite por el León de Oro. Con una duración de 116 minutos, está protagonizada por Guy Pearce, Jack O’Connell y Claire Foy, y cuenta con guion de James Graham, autor de la obra teatral homónima en la que se basa.

La recepción inicial ha sido mayoritariamente positiva. Ink registra actualmente un 84 % de aprobación entre los críticos recopilados por Rotten Tomatoes, aunque algunas reseñas han cuestionado que el espectacular estilo visual de Boyle pueda terminar suavizando la dureza de su propia crítica al sensacionalismo.

 

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Un periódico dispuesto a cambiar las reglas

La historia comienza en Londres, en 1969, cuando el empresario australiano Rupert Murdoch adquiere el periódico The Sun, una publicación que afrontaba severas dificultades para esas fechas. Su intención es convertirlo en un diario capaz de competir con el poderoso Daily Mirror, pero para ello necesita una estrategia radicalmente diferente.

Ahí entra Larry Lamb, interpretado por Jack O’Connell, un periodista de carácter explosivo al que Murdoch encarga relanzar la publicación. Juntos comienzan a construir un periódico que no necesariamente pretende contarle al lector lo que necesita saber, sino aquello que quiere leer.

Chismes, escándalos, sexo, crímenes, deportes, celebridades y titulares provocadores se convierten en ingredientes de una nueva fórmula editorial. La noticia deja de ser únicamente información y empieza a funcionar como entretenimiento.

La película encuentra precisamente ahí su principal conexión con el presente. Lo que The Sun ensayaba con papel, tinta y rotativas parece anticipar el funcionamiento de los actuales medios digitales: llamar la atención, provocar una reacción inmediata y conseguir que el público vuelva por más. Se destaca justamente esa conexión entre el tabloide de finales de los años sesenta y fenómenos actuales como el clickbait, las redes sociales y la economía de la atención.

 

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Un Murdoch diferente

Guy Pearce asume uno de los mayores desafíos del filme: interpretar a un personaje real que el público conoce principalmente por su enorme influencia posterior sobre los medios de comunicación.

Sin embargo, Boyle decidió no presentar al joven Murdoch como el villano desde la perspectiva del presente. El director ha explicado que quería mostrarlo inicialmente como un hombre que desafiaba un sistema rígido y establecido, alguien que representaba una bocanada de aire fresco frente al establishment de Fleet Street.

Pearce opta así por una interpretación más contenida de lo que podría esperarse. El Murdoch de Ink es ambicioso, inteligente y consciente de que está ante una oportunidad histórica, pero también parece sorprendido en determinados momentos por los extremos a los que está dispuesto a llegar su socio editorial.

El verdadero motor dramático de la película termina siendo, sin embargo, Larry Lamb. O’Connell le imprime una enorme energía y una personalidad casi volcánica, para convertir en el hombre que entiende antes que nadie que la prensa puede transformarse en un espectáculo permanente. Los medios consideran que el actor británico es uno de los grandes aciertos del filme y destaca la fuerza de su interpretación.

 

Cuando vender importa más que informar

Uno de los aspectos más interesantes de Ink es que Boyle evita una explicación sencilla sobre el nacimiento del fenómeno Murdoch.

El director parece preguntarse qué ocurre cuando una idea inicialmente revolucionaria —hacer que los periódicos sean más populares y accesibles— empieza a estar gobernada exclusivamente por las cifras de circulación.

La película muestra cómo esa carrera conduce progresivamente hacia territorios más oscuros. Entre ellos aparece el secuestro de Muriel McKay, ocurrido en 1969, cuando los secuestradores la confundieron con Anna Murdoch, esposa del magnate. El caso, que terminó con la muerte de McKay aunque su cuerpo nunca fue encontrado, sirve para explorar los límites entre el derecho a informar, la intimidad y la explotación de una tragedia.

 

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El recurso permite a Boyle plantear uno de los dilemas morales centrales de la película: ¿hasta dónde puede llegar un medio de comunicación en nombre de conseguir lectores? Y, más importante todavía, ¿qué sucede cuando el propio público comienza a exigir cada vez más escándalo, emoción y espectáculo que información veraz?

 

La actualidad escondida en una historia de 1969

Aunque Ink se desarrolla hace más de medio siglo, su mirada está dirigida claramente hacia el presente. Boyle utiliza la historia de The Sun para reflexionar sobre una sociedad en la que las fronteras entre información y entretenimiento se han vuelto cada vez más difusas. Si en 1969 la batalla era por vender más ejemplares, hoy la competencia se libra por conseguir clics, visualizaciones, seguidores y segundos de atención.

La película llega incluso a conectar aquella revolución mediática con las enormes transformaciones que experimentarían posteriormente los medios de comunicación y con el actual desafío de la inteligencia artificial. Boyle ha defendido la necesidad de preservar el periodismo como una actividad capaz de investigar al poder y buscar la verdad, precisamente cuando la tecnología amenaza con automatizar parte de sus funciones.

 

Una puesta en escena muy boyleana

Si el argumento pertenece a James Graham, la película pertenece inequívocamente a Danny Boyle. El director convierte una historia que podría haberse limitado a ser un drama de época sobre periodistas en una experiencia visual frenética. Ángulos inclinados, montaje acelerado, primeros planos extremos, titulares que irrumpen en pantalla y movimientos de cámara vertiginosos recrean la sensación de estar dentro de una redacción permanentemente al borde del colapso.

La música también desempeña un papel fundamental. Boyle vuelve a utilizar el sonido como elemento narrativo y no simplemente como acompañamiento de las imágenes, una característica que ha estado presente en buena parte de su filmografía.

El resultado es una película deliberadamente eléctrica: una historia sobre periódicos filmada como si fuera un thriller contemporáneo.

 

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No todo funciona con la misma eficacia. Algunas críticas consideran que la película puede ser demasiado explícita en su intento de relacionar la evolución de The Sun con determinados males del ecosistema mediático actual. Incluso algunos especialistas consideran que el tratamiento del sórdido caso McKay genera cierto contraste con la comedia negra y el frenesí que dominan buena parte del relato.

Aun así, Ink consigue algo especialmente valioso: no permite contemplar cómodamente la historia desde la distancia. El espectador termina preguntándose hasta qué punto también participa de esa maquinaria cada vez que elige una noticia porque es escandalosa antes que porque sea importante.

 

Veredicto de Faro Cultural

Ink no es simplemente una película sobre Rupert Murdoch ni una reconstrucción del nacimiento de The Sun. Es, sobre todo, una reflexión sobre cómo la sociedad ha aprendido a consumir información.

Boyle mira hacia 1969 para hablar de 2026 y encuentra en aquella revolución de Fleet Street un antecedente sorprendentemente reconocible de ecosistema digital actual. La película puede ser excesiva, incluso incómodamente frenética en algunos momentos, pero esa misma energía forma parte de su propuesta.

Guy Pearce ofrece un Murdoch inteligente y contenido, mientras Jack O’Connell se roba buena parte de la película como el volcánico Larry Lamb. Y Boyle, fiel a sí mismo, vuelve a demostrar que sabe filmar la velocidad, la ambición y el caos como pocos cineastas contemporáneos.

Calificación FC: ★★★★☆ (4/5)

Ink llegará a cines seleccionados de Estados Unidos el 11 de diciembre de 2026 y posteriormente a Netflix el 8 de enero de 2027 en Estados Unidos y Latinoamérica.

 

 

 

 

 

Con información e imágenes de:

Variety

The Guardian

Netflix

IMdB