El 24 de abril de 1916, el explorador británico Sir Ernest Shackleton partía desde una isla perdida en el fin del mundo rumbo a una travesía casi suicida. No era el inicio de una expedición, sino el intento desesperado por salvar a sus hombres. Detrás quedaba una de las historias más extraordinarias de supervivencia jamás contadas.
A comienzos del siglo XX, la Antártida era el último gran territorio desconocido. Era la llamada “heroic age” de la exploración, donde nombres como Roald Amundsen y Robert Falcon Scott protagonizaron una carrera épica por alcanzar el Polo Sur.
Amundsen lo logró en diciembre de 1911; Scott llegó semanas después, solo para encontrar la bandera noruega ondeando. Su regreso terminó en tragedia: él y su equipo murieron en el hielo en 1912.
Ese contexto de gloria y riesgo extremo marcó a Sir Ernest Henry Shackleton, quien decidió ir más allá: cruzar todo el continente antártico. No era ningún improvisado: ya había tenido éxito con su expedición Nimrod (1907-1909), en la cual estableció un nuevo récord de latitud más al sur (88°23'S), al llegar a solo 100 millas del Polo Sur. Esa hazaña lo convirtió en héroe nacional y motivó que el rey Eduardo VII lo nombrase Caballero de la Corona Británica.
El sueño que se convirtió en pesadilla
El 5 de diciembre —verano en el hemisferio sur— de 1914, Shackleton zarpó desde la estación ballenera de Grytviken en la isla Georgia del Sur. Su barco, el Endurance, contaba con una tripulación de 27 hombres y más de 60 perros, y así iniciaban la que se llamó Expedición Imperial Transantártica. Pero el destino tenía otros planes.
Antes siquiera de tocar tierra firme, el barco quedó atrapado en el hielo del mar de Weddell. Durante semanas, la tripulación vivió a la deriva, observando cómo el hielo comprimía lentamente la nave.
La tempestad del noreste que tuvieron desde el día 16 de enero había sobrecargado toda la banquisa del Mar de Weddell contra la superficie de la tierra y, excepto que hubiera otra tormenta en sentido contrario, no había manera de que se pudiera liberar el barco. A partir de ese día nunca más el Endurance podrá ser liberado de su “prisión blanca” y los miembros de la expedición quedarán literalmente atrapados por esa masa helada.
La deriva de la propia capa de hielo llevó al barco aún más hacia el sur y el 22 de febrero de 1915 alcanzó el Endurance su punto más meridional, con lo que toda esperanza de liberar el barco era ya utópica. El termómetro ese día “de verano” marcó 23,3° bajo cero. El verano austral prácticamente no había existido para la expedición.
Casi un año después, el 21 de noviembre de 1915, el Endurance finalmente se hundió. A partir de ese momento, la misión dejó de ser exploración para convertirse en supervivencia pura.
A la deriva en el hielo
Durante meses, los hombres acamparon sobre placas de hielo flotante, soportando temperaturas extremas, hambre y una incertidumbre constante. No había rescate posible. No había rutas. Solo el hielo moviéndose bajo sus pies.
Con las velas y los palos del Endurance construyeron carpas para sobrevivir las temperaturas extremas.
Finalmente, en abril de 1916, cuando el hielo comenzó a fracturarse, Shackleton ordenó evacuar en botes salvavidas. Tras una travesía brutal, lograron llegar a la inhóspita Isla Elefante.
Era tierra firme… pero también un lugar por el que nadie pasaba.
Un fracaso que forjó a un héroe
Aquí entra la fecha clave: el 24 de abril de 1916. Shackleton eligió a cinco de sus hombres y se lanzó al océano en un pequeño bote, el James Caird. Llevaba el nombre del empresario escocés que había financiado la expedición.
Su objetivo era nada menos que recorrer más de 1.200 kilómetros hasta la isla Georgia del Sur, atravesando uno de los mares más peligrosos del planeta. Y aunque incluso hoy, más de un siglo después, parezca increíble, tras 16 días de navegación entre tormentas, olas gigantes y frío extremo.. lo lograron.
Sin embargo, tocar tierra no significaba que la odisea hubiese terminado. Al llegar, tuvieron que cruzar a pie una isla montañosa y desconocida durante más de 30 horas sin descanso, hasta alcanzar una estación ballenera.
Finalmente, los seis hombres habían sobrevivido a lo imposible.
El rescate que selló la leyenda
Shackleton no descansó. Organizó varios intentos de rescate hasta que, finalmente, el 30 de agosto de 1916, casi dos años después del inicio de la expedición, logró salvar a los 22 hombres que habían quedado en la Isla Elefante.
Ninguno murió.
Un detalle que, apenas cuatro años después, y con la tragedia de Robert Scott muy fresca en la memoria, convirtió su historia en algo excepcional.
Los restos del Endurance fueron hallados en marzo de 2022, a 3.000 metros de profundidad en el mar de Weddell, más de un siglo después de haberse hundido. La expedición fue encabezada por el arqueólogo marino británico Mensun Bound a bordo del rompehielos sudafricano Agulhas II.
Resiliencia y liderazgo
La epopeya del Endurance no es recordada por haber cumplido su objetivo —de hecho, fracasaron: nunca cruzaron la Antártida—, sino por algo más profundo: la capacidad de liderazgo, resiliencia y humanidad en condiciones límite.
Shackleton pasó a la historia no como el hombre que conquistó el Polo Sur, sino como el que logró regresar con todos sus tripulantes. Como una retorcida broma del destino, Shackleton falleció a sus 47 años, el 5 de enero de 1921 en Grytviken, el puerto que lo había visto zarpar poco más de seis años antes.
Hoy, más de un siglo después, su historia sigue fascinando por la hazaña humana, ya que el objetivo geográfico no se pudo cumplir. Un grupo de hombres enfrentado al impiadoso vacío blanco… y saliendo con vida.
Porque en la Antártida, a veces, sobrevivir ya es una victoria.
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