El intelectual dominicano falleció el 11 de mayo de 1946 en Argentina, país donde desarrolló gran parte de su obra ensayística y académica. Su pensamiento marcó a varias generaciones de escritores y estudiosos de la lengua y la cultura latinoamericanas.
Pedro Henríquez Ureña nació el 29 de junio de 1884 en Santo Domingo, en el seno de una de las familias más influyentes de la vida política e intelectual dominicana de finales del siglo XIX.
Fue hijo de Francisco Henríquez y Carvajal , quien llegaría a ocupar la presidencia de República Dominicana, y de Salomé Ureña , considerada una de las figuras fundamentales de la poesía nacional. El ambiente cultural en el que creció resultó decisivo para su formación intelectual temprana.
Desde niño mostró un notable interés por la literatura, la filosofía y las lenguas clásicas. La casa familiar era frecuentada por educadores, escritores y políticos, circunstancia que contribuyó a moldear una visión humanista que lo acompañaría durante toda su trayectoria.
La muerte de su madre en 1897, cuando Pedro tenía apenas trece años, marcó profundamente su vida personal y emocional. Poco después inició una intensa actividad intelectual junto a sus hermanos Max y Camila Henríquez Ureña, también vinculados al mundo de las letras y la educación.
Emigración y los años de formación internacional
Las tensiones políticas y la inestabilidad dominicana de comienzos del siglo XX llevaron a la familia Henríquez Ureña a trasladarse al extranjero. El joven intelectual residió durante varios años en Estados Unidos , donde amplió sus estudios y fortaleció su dominio de diversas corrientes filosóficas y literarias.
Durante ese período entró en contacto con el pensamiento clásico europeo y con las nuevas tendencias del humanismo moderno. También desarrolló una sólida formación filológica que posteriormente se convertiría en uno de los pilares de su obra académica. Tuvo intenciones de radicarse en Europa, pero el estallido de la Primera Guerra Mundial cortó toda posibilidad de realizar el viaje soñado.
Más adelante vivió en México y Cuba , participando activamente en círculos intelectuales y universitarios. En México colaboró con el proyecto cultural impulsado por José Vasconcelos y formó parte del prestigioso Ateneo de la Juventud, junto a destacados pensadores y escritores de la época.
Argentina y los años de mayor producción intelectual
En la década de 1920, más precisamente en 1924, se instaló en Argentina , país donde residió durante aproximadamente veinte años y donde desarrolló la etapa más influyente de su carrera.
Se desempeñó como profesor universitario, crítico literario, ensayista y conferencista, y fue ganando un enorme prestigio dentro del ámbito académico argentino e hispanoamericano. Su trabajo estuvo estrechamente ligado al estudio de la lengua española, la identidad cultural latinoamericana y la tradición humanista occidental.
A finales de 1931 tuvo un fugaz retorno a su país natal para ocupar la Superintendencia General de Enseñanza, con la intención de reformar el sistema educativo dominicano. Pero dos años después, frustrado por la falta de apoyo, decidió regresar a Buenos Aires. Allí fundó la Universidad Popular Alejandro Korn, institución que dirigió desde 1937 hasta su muerte.
Durante su permanencia en la capital argentina cultivó amistad y diálogo intelectual con figuras esenciales de la cultura argentina, entre ellasVictoria Ocampo , fundadora de la revista Sur y Jorge Luis Borges, para entonces una de las voces emergentes más relevantes de la literatura argentina.
Un párrafo especial merece la relación que cultivaría el ilustre dominicano con Ernesto Sábato, quien fue su alumno en el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata. Años después, el escritor argentino reconocería la influencia intelectual de Henríquez Ureña. En un pasaje de su libro de memorias Antes del fin, de 1998, el literato argentino expresa:
Se me cierra la garganta al evocarlo, esa mañana en que vi entrar a ese hombre silencioso, aristócrata en cada uno de sus gestos (...) Aquel ser superior tratado, sin embargo, con mezquindad y reticencia por sus colegas, con el típico resentimiento del mediocre, al punto que jamás pudo ser profesor titular de ninguna Facultad de Letras de Argentina.
Pedro Henríquez Ureña también colaboró con instituciones educativas y filológicas argentinas, y llegó a convertirse en una referencia obligada para los estudios sobre el idioma español en América.
Un pensador clave de la identidad hispanoamericana
Gran parte de la obra de Pedro Henríquez Ureña estuvo orientada a reflexionar sobre la cultura latinoamericana y la construcción de una identidad propia dentro del mundo hispánico.
Entre sus textos más influyentes figura Seis ensayos en busca de nuestra expresión, publicado en 1928, considerado una de las piezas fundamentales del pensamiento cultural latinoamericano del siglo XX.
En esa obra analizó las particularidades culturales de América Latina y defendió la necesidad de desarrollar una expresión artística e intelectual auténticamente americana, sin perder el vínculo con la tradición universal.
Otras publicaciones destacadas incluyen La utopía de América , Corrientes literarias en la América hispánicaeHistoria de la cultura en la América hispánica, textos que continúan siendo estudiados en universidades de toda Hispanoamérica.
Su estilo ensayístico se caracterizó por la claridad conceptual, la profundidad humanista y una visión integradora de la cultura.
En el ámbito académico, junto al lingüista español Amado Alonso, quien llegó a Argentina tres años después que él, escribió la «Gramática castellana» , un texto que formó a generaciones de estudiantes durante décadas. Su labor como periodista también fue destacada pues colaboró con numerosas publicaciones en distintos países.
Una muerte repentina y un legado permanente
Pedro Henríquez Ureña falleció el 11 de mayo de 1946 en Buenos Aires , mientras viajaba en tren hacia la ciudad de La Plata para impartir clases universitarias, como lo venía haciendo desde hacía años. Su muerte, ocurrida a los 61 años, causó una profunda conmoción en los círculos intelectuales de América Latina.
Ocho décadas después de su desaparición física, continúa siendo considerado uno de los más grandes humanistas dominicanos y una figura esencial del pensamiento hispanoamericano. Su patria lo honró al ponerle su nombre a la Biblioteca Nacional, fundada el 28 de febrero de 1971.
Su legado permanece vigente tanto en los estudios literarios como en las reflexiones sobre identidad, lengua y cultura en América Latina.
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