Leer también es una forma de crecer: libros para contarles a los niños en la primera infancia

Leer también es una forma de crecer: libros para contarles a los niños en la primera infancia

La lectura no empieza cuando un niño aprende a reconocer las letras. Comienza mucho antes, incluso desde los primeros meses de vida, cuando una voz adulta, unas imágenes y unas páginas compartidas empiezan a construir lenguaje, atención, imaginación y vínculos afectivos.


 

Fortalecer el vínculo

Hay una escena aparentemente sencilla que puede encerrar una enorme trascendencia: un adulto sentado junto a un bebé, abre un libro, señala un dibujo y comienza a hablar.

El niño todavía no sabe leer. Quizá ni siquiera comprende las palabras. Puede tocar las páginas, llevarse el libro a la boca, intentar cerrarlo o distraerse a los pocos segundos. Sin embargo, algo importante está sucediendo.

La lectura compartida durante los primeros años de vida contribuye al desarrollo del lenguaje, la cognición y las habilidades socioemocionales, al tiempo que fortalece el vínculo entre el niño y sus padres o cuidadores. Así lo reconoce la Academia Americana de Pediatría, que recomienda iniciar la lectura compartida desde el nacimiento.

La cuestión, por tanto, no es esperar a que llegue el momento en que el pequeño pueda leer por sí mismo. El momento de empezar es ahora.

 

Un libro para cada momento

No obstante, los libros funcionan igual para un recién nacido que para un niño de tres años. Las necesidades  de los infantes cambian y también debe hacerlo la manera de acercarse a las historias.

Durante los primeros meses, los libros son fundamentalmente una experiencia sensorial y afectiva. Las imágenes sencillas, los contrastes marcados, los colores definidos, los ritmos y las repeticiones pueden captar mejor la atención de un bebé. También resultan apropiados los libros de cartón resistente, de tela o aquellos que incorporan texturas, solapas y otros elementos que puedan explorarse con las manos.

 

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Pero hay algo todavía más importante que el propio objeto: la voz del adulto. Hablar mientras se pasan las páginas, señalar una figura, imitar el sonido de un animal, cambiar la entonación o repetir una palabra convierte la lectura en una conversación. El bebé aprende escuchando, observando y relacionando los sonidos con aquello que tiene delante.

UNICEF recomienda precisamente comenzar a leer desde el nacimiento y recuerda que los niños pueden desarrollar el gusto por los libros mucho antes de ser capaces de leerlos.

 

De los seis meses al primer año: tocar, mirar y repetir

A medida que el bebé crece, su relación con el libro se vuelve más activa. Alrededor de los seis meses puede intentar agarrar las páginas; posteriormente aparecen conductas como señalar imágenes, levantar solapas o intentar pasar las hojas. Cerca del año, muchos niños comienzan a reconocer sus libros preferidos y pueden pedir que se los lean una y otra vez.

Y esa repetición, que a los adultos puede parecer interminable, es altamente beneficiosa. Porque cada nueva lectura permite reconocer palabras, anticipar acontecimientos, descubrir detalles de las ilustraciones y familiarizarse con estructuras narrativas. El niño encuentra seguridad en aquello que conoce y reconoce y, al mismo tiempo, va incorporando nuevos elementos.

Por eso no hay que apresurarse a sustituir un cuento favorito simplemente porque ya se haya leído decenas de veces.

Para un adulto puede ser repetición; para un niño pequeño, cada lectura puede ser un descubrimiento.

 

Uno a dos años: llevar el cuento a su propio mundo

Entre el primer y el segundo año aparece una posibilidad especialmente enriquecedora: conectar la historia con la vida cotidiana del niño.

Si en el libro aparece un perro, por ejemplo, el adulto puede señalarlo y preguntar qué animal es, imitar su ladrido o recordar al perro que el pequeño conoce. Si aparece una comida, puede relacionarla con lo que acaba de desayunar. Si el personaje se baña, se puede establecer una conexión con la propia rutina del baño.

No se trata de convertir el cuento en una clase, sino todo lo contrario: la conversación nace de la historia y regresa a ella.

 

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La Academia Americana de Pediatría señala que las interacciones ricas en lenguaje y la lectura dialogada pueden favorecer el vocabulario, la comprensión, la atención y las habilidades socioemocionales.

En esta etapa también es normal que el niño no permanezca quieto. Puede levantarse, señalar otra cosa, pasar varias páginas de golpe o hasta abandonar momentáneamente el libro por la pérdida natural de su atención. Leer con un pequeño no significa obligarlo a permanecer sentado hasta llegar al final. La flexibilidad debe formar parte de la experiencia, y la paciencia y acompañamiento de los padres, como siempre, es esencial.

 

De los dos a los tres años: cuando la historia se convierte en juego

Al acercarse a los tres años, el niño empieza a participar de una manera diferente. Ya puede recordar personajes, anticipar frases, repetir fragmentos de sus cuentos favoritos y formular preguntas.

Aquí adquieren especial valor los libros con rimas, humor, repeticiones y estructuras previsibles, porque permiten que el pequeño se incorpore progresivamente al relato.

También puede ser útil dramatizar, “meterse” en cada personaje. Usar una voz distinta para los diferentes actores del cuento, un sonido para representar una puerta que se abre, un gesto exagerado o un títere pueden transformar la lectura en una pequeña representación teatral.

 

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Y después de cerrar el libro puede comenzar otra aventura: representar la historia con juguetes, inventar un final diferente, dibujar a los personajes o recrear alguna escena.

La literatura infantil deja así de ser únicamente una actividad de lectura y se convierte en materia prima para el juego y la imaginación.

 

No solo enseñar, también disfrutar

Existe, sin embargo, una advertencia interesante en el debate actual sobre literatura infantil. Recientemente ha habido críticas que cuestionan la tendencia a buscar cuentos exclusivamente para enseñar algo: gestionar las rabietas, superar el miedo, abandonar el pañal o aprender determinado valor. Algunos especialistas en literatura infantil advierten sobre lo que denominan una excesiva instrumentalización pedagógica de los cuentos.

Y guarda mucha lógica, porque un buen libro infantil no tiene necesariamente que solucionar un problema del niño. También puede ser simplemente divertido. Puede provocar una carcajada, despertar curiosidad, jugar con las palabras, presentar un personaje absurdo o conducir a un mundo fantástico.

La literatura, incluso la destinada a los más pequeños, también es arte. Por eso, al elegir un libro conviene preguntarse no solamente qué puede aprender el niño, sino también qué puede sentir, imaginar y disfrutar.

 

Diez minutos que pueden crear un hábito para toda la vida

No hace falta disponer de una biblioteca gigantesca ni reservar una hora diaria para conseguir que la lectura forme parte de la vida del niño. UNICEF señala que dedicar entre 10 y 15 minutos diarios a compartir un libro puede ayudar a despertar y mantener el interés por la lectura en los pequeños .

 

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Lo importante es la regularidad. Un cuento antes de dormir. Un libro después del baño. Un rato de lectura después de la merienda. Una visita semanal a la biblioteca para elegir juntos un nuevo título.

La rutina crea familiaridad y convierte los libros en una parte natural de la vida cotidiana. La Academia Americana de Pediatría, por su parte, subraya que estas experiencias no solamente están relacionadas con el lenguaje y la alfabetización temprana: también fortalecen las relaciones entre los niños y sus cuidadores y contribuyen al desarrollo cognitivo y socioemocional.

 

El mejor libro es el que lo hace volver

A la hora de escoger, conviene observar los intereses del propio niño. Los libros de imágenes claras y contrastadas son apropiados para los bebés; posteriormente pueden incorporarse historias vinculadas con animales, rutinas cotidianas, vehículos, naturaleza, familia o cualquier otro tema que despierte su curiosidad.

También es recomendable buscar diversidad cultural y personajes con los que pueda identificarse y, al mismo tiempo, historias que le permitan conocer otras realidades. La AAP destaca precisamente el valor de ofrecer libros de calidad, adecuados a la edad, al lenguaje y culturalmente diversos.

Y no hay que despreciar las bibliotecas. Además de ofrecer acceso gratuito o económico a una gran variedad de títulos, muchas cuentan con programas de narración oral para bebés y familias. UNICEF recomienda precisamente aprovechar estos espacios como una forma de convertir la lectura en una experiencia social y familiar.

 

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Aprendiendo a ser lector

Quizá esa sea la idea fundamental. Un bebé no necesita saber leer para ser un lector. Necesita escuchar palabras, mirar imágenes, descubrir sonidos, manipular páginas, reconocer historias y, sobre todo, compartir ese descubrimiento con alguien que le dedique tiempo.

Mucho antes de que aparezca la primera palabra escrita que pueda descifrar, el niño ya está aprendiendo que los libros contienen historias; que las imágenes representan cosas; que las palabras tienen sonidos; que una página conduce a otra y que, al terminar un cuento, siempre se puede volver a empezar.

La lectura temprana no consiste, entonces, en adelantar la escuela. Consiste en regalarle al niño un lenguaje, una imaginación y un vínculo.

Y quizá también en algo todavía más sencillo: sentarse a su lado, apagar por unos minutos las pantallas, abrir un libro y decirle, con la voz más cercana del mundo:

“Había una vez…”

 

 

 

 

 

Con información e imágenes de:

American Academy of Pediatrics

UNICEF

El País

healthychildren.org