El excelso compositor polaco había dejado instrucciones claras a su amigo cercano Julian Fontana para que quemara los manuscritos inéditos. Fontana optó por desobedecer esa voluntad y preservó las obras, con lo que piezas maestras como la Fantasía-Impromptu pudieron la luz y se convirtieron en parte esencial del repertorio pianístico mundial.
Frédéric Chopin, el poeta del piano, había nacido el 1 de marzo de 1810, en Zelazowa Wola, Polonia. Complicaciones debido a una tuberculosis que lo aquejaba desde hacía tiempo provocaron su prematura muerte a los 39 años en París. En sus últimos días, atormentado por la perfección y el miedo a que obras incompletas o no pulidas dañaran su reputación, confió a su fiel amigo Julian Fontana —pianista, compositor y copista de muchas de sus partituras— una petición tajante: destruir todo manuscrito no publicado.
La amistad inquebrantable entre Chopin y Fontana
Julian Fontana había sido compañero de Chopin desde los años juveniles en Varsovia. Ambos compartieron estudios en el Conservatorio, y Fontana actuó como copista y asistente en París, donde ayudó a negociar con editores y transcribir obras. Chopin le dedicó las Polonesas op. 40, en reconocimiento a esa lealtad.
Tras la muerte del compositor, la familia —especialmente su hermana Ludwika— entregó a Fontana los manuscritos inéditos con la autorización para decidir su destino.
Fontana se encontró ante un dilema ético. Las instrucciones de Chopin eran explícitas: no quería que viera la luz nada que no hubiera aprobado personalmente. Sin embargo, Fontana consideró que muchas de esas páginas contenían belleza y valor artístico innegables. Algunas habían sido revisadas por el propio Chopin en diversas ocasiones, y él mismo las había escuchado interpretadas por su amigo.
La decisión que preservó joyas del romanticismo
En lugar de cumplir la orden de destrucción, Fontana seleccionó y editó cuidadosamente las obras. En 1855, seis años después de la muerte del gran compositor, publicó en varios países europeos las Œuvres posthumes pour piano de Frédéric Chopin (op. 66-73), con el aval de la familia. Entre las piezas rescatadas destacan:
La Fantasía-Impromptu op. 66, una de las obras más populares y virtuosas de Chopin, que hoy forma parte indispensable de los recitales.
El Nocturno en Do sostenido menor Nro. 20, Op. posth. que se hizo célebre por la interpretación del pianista polaco Wladyslaw Szpilman, durante la Segunda Guerra Mundial.
Varias mazurcas, nocturnos y valses que enriquecen el catálogo chopiniano.
Otras composiciones que, de haber seguido las instrucciones del compositor, habrían desaparecido para siempre.
Más tarde, en 1859, Fontana completó la labor con las canciones op. 74. En los prólogos de estas ediciones, explicó su criterio: aunque las piezas no estaban destinadas a la publicación, merecían conservarse por su calidad y por haber sido trabajadas por el autor.
Una desobediencia de incalculable valor histórico
La decisión de Fontana generó debate en su época, pero el tiempo le dio la razón. Las obras póstumas se integraron al repertorio y se interpretan con frecuencia en conciertos y grabaciones. Hoy en día, miles de pianistas de todo el mundo mantienen vivo el legado de Chopin gracias a esa desobediencia amistosa, que priorizó el valor artístico sobre la voluntad literal del compositor.
Actualmente, la Fantasía-Impromptu en Do mayor Opus 66resuena en salas de todo el mundo como testimonio de cómo una amistad profunda y un juicio estético audaz pueden alterar el curso de la historia musical.
Julian Fontana, más allá de su rol como copista, se convirtió en guardián indispensable del genio romántico. El mundo de la cultura, y en especial aquellos que aman las obras del romanticismo, agradecen a este fiel amigo no haber seguido estrictamente la última voluntad de Frédéric Chopin.
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