A 103 años de su nacimiento, la República Dominicana recuerda a Guillermo Pérez Chicón, uno de los grandes maestros de las artes plásticas nacionales. Dueño de un estilo inconfundible, supo transformar paisajes, bueyes, gallos, hojas de plátano y monumentos coloniales en un lenguaje pictórico lleno de luz, textura y dominicanidad.
Pocos artistas han logrado capturar el espíritu de la República Dominicana con la intensidad de Guillo Pérez. Sus lienzos parecen respirar el calor del Caribe, el verde de los campos, la fuerza de los ingenios azucareros y la serenidad de los pueblos del interior. Cada pincelada transmite una identidad profundamente dominicana, construida a partir del color, la luz y una sensibilidad que convirtió lo cotidiano en arte universal.
Al cumplirse 103 años de su nacimiento, la figura de Guillo Pérez continúa ocupando un lugar privilegiado en la historia de la pintura nacional, junto a artistas de la talla de Jaime Colson, Cándido Bidó o Ramón Oviedo. Su legado permanece en museos y colecciones privadas, y también en la memoria cultural de un país que encontró en sus obras una forma de reconocerse a sí mismo.
De la música y el seminario a los pinceles
Guillermo Esteban Pérez Chicón nació el 3 de agosto de 1923, en San Víctor, provincia Espaillat, en el municipio de Moca. Antes de descubrir su verdadera vocación artística, su vida parecía orientarse hacia caminos muy distintos.
Durante su juventud estudió violín y teoría musical en Santiago de los Caballeros, al tiempo que cursaba estudios religiosos en el Seminario Católico del Santo Cerro, en La Vega. Aquella formación despertó en él una sensibilidad estética que más tarde trasladaría a la pintura, aunque finalmente decidió abandonar el seminario para dedicarse plenamente a las artes plásticas.
Su ingreso en la Escuela de Bellas Artes de Santiago marcó el verdadero comienzo de su carrera. Allí tuvo como maestro al célebre paisajista Jorge Octavio “Yoryi” Morel, de quien aprendió la observación directa de la naturaleza y el estudio de la luz, enseñanzas que terminarían definiendo buena parte de su lenguaje artístico.
A partir de la década de 1950 comenzó una intensa actividad artística que lo llevó a realizar más de setenta exposiciones entre individuales y colectivas, tanto en la República Dominicana como en el extranjero.
Su prestigio también lo convirtió en una figura fundamental de la enseñanza artística. Fue profesor y posteriormente director de lasEscuelas de Bellas Artes de La Vega y Santo Domingo, además de presidir el Colegio Dominicano de Artistas Plásticos, tareas con las que contribuyó decisivamente a la formación de nuevas generaciones de creadores.
Maestro del color y la espátula
Hablar de Guillo Pérez es hablar del color. Su técnica preferida era el óleo sobre tela, aplicado con espátula para crear gruesos empastes que daban relieve y una intensa fuerza expresiva a sus composiciones. Aunque suele vincularse con el expresionismo abstracto, su pintura nunca abandonó del todo la figuración. En sus cuadros convivían formas reconocibles con una poderosa libertad cromática y compositiva.
Entre los temas más frecuentes de su obra destacan los paisajes rurales, las carretas de bueyes, los ingenios azucareros, los gallos, las flores, las hojas de plátano, las marinas y los monumentos coloniales. También dedicó series completas a Jerusalén, en las que reinterpretó la arquitectura y la espiritualidad desde una mirada profundamente personal.
Su pintura no pretendía reproducir la realidad con exactitud fotográfica. Más bien buscaba transmitir sensaciones, atmósferas y emociones mediante una explosión de luz que muchos críticos identifican como una de las mejores representaciones del paisaje caribeño en la historia del arte dominicano.
Una carrera repleta de reconocimientos
A lo largo de su trayectoria recibió numerosos premios y distinciones que consolidaron su posición entre los grandes artistas del país.
Uno de sus logros más recordados fue obtener tres primeros premios consecutivos en el prestigioso Concurso de Arte Eduardo León Jimenes, entre 1966 y 1968, una hazaña que pocos artistas dominicanos han conseguido. Décadas después, su extraordinaria contribución fue reconocida con el Premio Nacional de Artes Plásticas, máximo galardón de las artes visuales dominicanas.
Sus obras pasaron a integrar importantes colecciones públicas y privadas dentro y fuera del país, y son hoy referencia obligada para comprender la evolución de la pintura dominicana durante la segunda mitad del siglo XX.
Artista de arraigo quisqueyano
Guillo Pérez falleció en Santo Domingo el 9 de marzo de 2014, a los 90 años, y dejó tras de sí una de las trayectorias más fecundas del arte nacional.
Más allá de los años, su influencia permanece intacta. Sus cuadros siguen ocupando un lugar privilegiado en museos, galerías y colecciones particulares, mientras nuevas generaciones descubren una obra que nunca perdió vigencia.
Más que un pintor de paisajes o de escenas rurales, Guillo Pérez fue un intérprete del alma dominicana. En sus lienzos, el color se convirtió en memoria; la espátula, en poesía; y la luz del Caribe, en una firma artística inconfundible.
A 103 años de su nacimiento, su legado continúa recordando que el arte también puede ser una forma de contar la historia de un país, no con palabras, sino con la intensidad de los colores que lo definen.
Antoine de Saint-Exupéry fue mucho más que el autor de uno de los libros más leídos de la historia. Aviador pionero, héroe de guerra, periodista y filósofo de la condición humana, convirtió sus experiencias entre las nubes en algunas de las páginas más memorables. El 31 de julio de 1944 partió desde Córcega en una misión de reconocimiento y nunca regresó.
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