En 1932, la Sociedad de las Naciones impulsó un intercambio epistolar entre Albert Einstein y Sigmund Freud sobre las raíces de los conflictos armados. Ese diálogo, publicado al año siguiente, sigue siendo una de las reflexiones más lúcidas del siglo XX sobre la violencia.
A mediados de 1932, el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones invitó a Einstein a elegir a un pensador para discutir públicamente cómo evitar la guerra. El científico, preocupado por el clima de tensión en Europa, seleccionó al renombrado médico Sigmund Freud.
La carta de Einstein, fechada el 30 de julio de 1932 en Caputh, Alemania, planteaba una cuestión directa: “¿Existe algún camino para liberar a los hombres de la maldición de la guerra?”. Einstein proponía al menos tres soluciones racionales:
Fortalecer el derecho internacional.
Crear un organismo supranacional con poder real.
Educar a las nuevas generaciones en el rechazo a la violencia.
La respuesta psicoanalítica de Freud
Unas semanas después, en septiembre de 1932, Freud respondió desde Viena. Su texto, titulado ¿Por qué la guerra?, se convirtió en un ensayo fundamental. El fundador del psicoanálisis no se limitó a la política; acudió a su teoría de las pulsiones.
Describió un conflicto eterno entre Eros, el instinto de vida y unión, y Tánatos, el instinto de muerte y destrucción, y fue enfático en que:
“Uno cualquiera de estos instintos es tan imprescindible como el otro”
La agresividad, según Freud, no es un defecto corregible, sino una disposición biológica que el ser humano proyecta hacia el exterior para proteger su propia existencia.
Ideas clave y citas del intercambio
El neurólogo y psicoanalista fue categórico en varios puntos:
“Será inútil intentar eliminar las tendencias agresivas del hombre”.
El derecho no es más que “el poderío de una comunidad”.
Todo lo que impulse la evolución cultural obra contra la guerra, pero “es difícil pensar en molinos que muelen tan despacio que moriríamos de hambre antes de tener harina”.
La indignación ante la guerra surge porque destruye vidas llenas de esperanzas, obliga a matar y arrasa valores materiales.
Einstein, en cambio, confiaba más en la razón y en instituciones como la Liga de las Naciones. Freud reconoció el valor de esos esfuerzos, pero advirtió que resultaban frágiles frente a los instintos. La cultura, a su juicio, podía canalizar la agresividad hacia formas menos destructivas, pero nunca suprimirla del todo.
Publicación premonitoria
Las cartas se editaron en 1933 en alemán y francés bajo el título ¿Por qué la guerra?. Para entonces, Hitler ya había asumido el poder en Alemania. Freud, enfermo de cáncer y aún en Viena —donde fallecería apenas semanas después de la invasión nazi a Polonia—, escribía con la lucidez de quien intuía el cataclismo inminente. Einstein, que para esas fechas se exiliaría en Estados Unidos, veía en el diálogo una esperanza racional.
Aunque nunca se encontraron en persona, la correspondencia entre ambas celebridades del Siglo XX quedó como testimonio de dos visiones complementarias: la fe en la razón del físico y el realismo instintivo del psicoanalista.
Un debate que trasciende su época
Casi cien años después, el intercambio sigue iluminando discusiones sobre conflictos armados, nacionalismos y límites de la diplomacia. Freud no ofrecía soluciones utópicas; señalaba que la paz requiere un esfuerzo constante de la civilización para domesticar —que no borrar— la agresividad humana. Einstein, por su parte, recordaba la necesidad de instituciones fuertes.
Juntos, demostraron que la cultura y la ciencia pueden, al menos, nombrar y comprender aquello que la guerra oculta: la sombra más antigua de la condición humana.
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