Doce años sin Robin Williams y seis películas esenciales para recordarlo

Doce años sin Robin Williams y seis películas esenciales para recordarlo

Robin Williams permanece como uno de los actores más versátiles de su generación: capaz de provocar carcajadas desbordadas y, apenas cambiar el registro, construir personajes oscuros, frágiles y profundamente conmovedores.


 

El hombre que convirtió la improvisación en un arte

Robin McLaurin Williams nació en Chicago el 21 de julio de 1951 y desde muy joven mostró una extraordinaria facilidad para la imitación, la improvisación y el humor. De carácter inicialmente introvertido, encontró en la comedia una forma de relacionarse con los demás y terminó convirtiéndose en uno de los grandes intérpretes cómicos de Estados Unidos.

Estudió interpretación en la prestigiosa Juilliard School, en Nueva York, donde coincidió con Christopher Reeve, quien se convertiría en uno de sus grandes amigos. Posteriormente comenzó a desarrollar un frenético espectáculo de stand-up en San Francisco y Los Ángeles, basado en una capacidad de improvisación prácticamente inagotable.

La televisión fue su primera gran plataforma. Después de una aparición como el extraterrestre Mork en Happy Days, el personaje obtuvo tanta popularidad que en 1978 pasó a protagonizar su propia serie, Mork & Mindy. El éxito fue inmediato y convirtió a Williams en una estrella nacional.

 

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El salto al cine llegó poco después con Popeye (1980), dirigida por Robert Altman. Aunque la película tuvo una recepción irregular, permitió comprobar que aquella energía desbordante podía funcionar también frente a una cámara. A partir de entonces llegarían El mundo según Garp, Moscow on the Hudson y, finalmente, una sucesión de interpretaciones que demostraría que detrás del cómico había un actor dramático de enorme profundidad.

 

Buenos días, Vietnam: la comedia como arma

En 1987, Barry Levinson le ofreció uno de los papeles que cambiarían definitivamente su carrera: Adrian Cronauer, un locutor de radio de las Fuerzas Armadas estadounidenses destinado a Vietnam.

Buenos días, Vietnam permitió que Williams hiciera aquello que mejor sabía hacer: improvisar a una velocidad vertiginosa. Sus frenéticos monólogos radiofónicos contrastaban con una película que, bajo la superficie de la comedia, hablaba de la guerra, la censura y la distancia entre la propaganda militar y la realidad del conflicto.

 

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Levinson incluso aprovechó la espontaneidad del actor rodándolo en ocasiones sin que supiera exactamente cuándo estaba siendo filmado, para capturar reacciones naturales e incorporarlas al personaje.

El resultado fue una actuación explosiva, pero también sorprendentemente humana. Williams recibió por ella su primera nominación al Oscar como mejor actor.

 

La sociedad de los poetas muertos: el profesor que enseñó a mirar distinto

Dos años después, Peter Weir volvió a desafiarlo con un personaje muy diferente. En La sociedad de los poetas muertos (1989), Williams interpretó a John Keating, un profesor de literatura que llega a un elitista internado masculino e intenta despertar en sus alumnos una pasión por la poesía y una actitud crítica frente a las convenciones.

El personaje exigía algo que no siempre resultaba sencillo para una estrella conocida por su torrente verbal: contención.

 

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Keating no necesitaba convertirse en Robin Williams. Era necesario que Williams desapareciera detrás del profesor. Y lo consiguió. El actor combinó humor, ternura y una profunda melancolía en una interpretación que terminó convirtiéndose en una de las más recordadas de su carrera.

La película le proporcionó su segunda nominación al Oscar y consolidó definitivamente su condición de actor dramático.

 

En busca del destino: el Oscar que llegó después de cuatro intentos

Si La sociedad de los poetas muertos demostró que podía hacer drama, En busca del destino (Good Will Hunting, 1997) confirmó que podía hacerlo con una sutileza extraordinaria.

Williams interpretó a Sean Maguire, un psicólogo de Boston que intenta ayudar a Will Hunting —encarnado por Matt Damon —, un joven prodigio matemático marcado por una infancia traumática. Frente a la exuberancia habitual del actor, Sean es un hombre herido, silencioso y profundamente empático.

La relación entre ambos personajes constituye el corazón emocional de la película. Williams construyó al terapeuta desde la vulnerabilidad, utilizando pausas, silencios y pequeños gestos allí donde en otras películas habría utilizado una catarata de palabras.

 

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La Academia finalmente reconoció su trabajo. En 1998, Williams ganó el Oscar al mejor actor de reparto, su primera y única estatuilla de la Academia. En busca del destino obtuvo nueve nominaciones y dos premios, incluyendo el de Williams y el de mejor guion original para Matt Damon y Ben Affleck.

 

Retratos de una obsesión: cuando Robin Williams dio miedo

Retratos de una obsesión (One Hour Photo, 2002) merece un lugar especial precisamente porque se encuentra en las antípodas del Robin Williams que el gran público esperaba encontrar.

Aquí interpreta a Sy Parrish, un empleado solitario de un laboratorio fotográfico que desarrolla una obsesión enfermiza con una familia cuyos rollos de película revela habitualmente. Lo que comienza como una relación aparentemente inocente con los clientes deriva progresivamente hacia un territorio inquietante.

No hay prácticamente nada del comediante hiperactivo de Mork & Mindy. Sy es frío, perturbador, solitario y emocionalmente desequilibrado. Su sonrisa parece una máscara y sus silencios resultan mucho más inquietantes que cualquier grito.

 

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La elección fue particularmente significativa porque Williams ya había demostrado ocasionalmente su capacidad para interpretar personajes oscuros, pero Retratos de una obsesión le permitió construir un protagonista prácticamente desprovisto de encanto. El resultado fue una de las actuaciones más incómodas y menos convencionales de su filmografía. La crítica también destacó el giro hacia personajes siniestros que realizó durante esta etapa, junto con Insomnio, estrenada ese mismo año 2002.

 

La señora Doubtfire: el cómico que conquistó a toda una generación

En 1993 llegó uno de los personajes que quedaron asociados para siempre a su imagen pública. En Mrs. Doubtfire (en español se conoció como Papá por siempre), dirigida por Chris Columbus, Williams interpretó a Daniel Hillard, un padre divorciado que se disfraza de una anciana ama de llaves escocesa para poder permanecer cerca de sus hijos.

La película aprovechó como pocas la extraordinaria capacidad de transformación física y verbal del actor. Pero detrás de las situaciones disparatadas había una historia sobre divorcio, paternidad, pérdida y reconciliación.

 

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El enorme éxito comercial —más de 440 millones de dólares en todo el mundo— confirmó que Williams podía protagonizar una comedia familiar sin renunciar a la dimensión emocional.

La interpretación también resume una de las características esenciales de su carrera: detrás del payaso siempre había un actor interesado en mostrar la tristeza que podía esconderse detrás de una sonrisa.

 

El rey pescador: locura, dolor y redención

La sexta elección es El rey pescador (The Fisher King, 1991), una de las películas más particulares de Terry Gilliam y probablemente una de las que mejor explican la dimensión dramática de Williams.

Su personaje, Parry, es un hombre sin hogar que vive atormentado por una tragedia del pasado y que ha construido un universo de fantasía alrededor de la leyenda del Santo Grial. Williams interpreta al personaje con una mezcla extraordinaria de extravagancia, vulnerabilidad y dolor.

 

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Frente a Jeff Bridges, que interpreta a un locutor de radio cínico y autodestructivo, Parry representa la posibilidad de encontrar humanidad después de una experiencia devastadora.

La actuación le valió a Williams su tercera nominación al Oscar como actor, después de Buenos días, Vietnam y La sociedad de los poetas muertos.

 

Un actor mucho más allá de la carcajada

Las seis películas apenas alcanzan para aproximarse a una filmografía extraordinariamente diversa. Quedan fuera títulos tan importantes como Despertares, Hook, Aladdin, donde prestó su voz al Genio, Jumanji, Patch Adams, La jaula de los pájaros o El hombre bicentenario.

Pero existe un hilo conductor entre todas esas interpretaciones: Williams nunca fue simplemente un cómico que ocasionalmente hacía drama. Era un actor extraordinariamente versátil que utilizaba la comedia como una de sus herramientas.

Su capacidad para improvisar podía producir una avalancha de palabras, pero también sabía desaparecer completamente dentro de personajes silenciosos, heridos o incluso siniestros. Retratos de una obsesión e Insomnio demostraron que aquella sonrisa que había acompañado a millones de espectadores también podía convertirse en una máscara inquietante.

 

El final

El 11 de agosto de 2014, Robin Williams fue encontrado muerto en su residencia de California. Había cumplido 63 años tres semanas antes. La causa de su fallecimiento fue registrada como suicidio y provocó una conmoción mundial.

Durante los últimos años había atravesado dificultades personales, períodos de depresión y problemas de adicción que había conseguido superar durante largos períodos. Sin embargo, después de su muerte se conoció un elemento que ayudó a comprender la enorme complejidad de sus últimos meses: la autopsia reveló que padecía una enfermedad difusa con cuerpos de Lewy, una enfermedad neurodegenerativa que puede producir alteraciones cognitivas, trastornos del movimiento, ansiedad, depresión, confusión y otros síntomas psiquiátricos.

La enfermedad no fue diagnosticada correctamente mientras Williams estaba vivo y, según los testimonios posteriores de su entorno, había experimentado un deterioro físico y psicológico considerable. No se trata, por tanto, de reducir su muerte a una única causa: depresión y una enfermedad neurodegenerativa formaron parte de una situación extraordinariamente compleja que lo llevó a tomar tan drástica determinación.

Doce años después, queda una paradoja difícil de ignorar. El hombre que dedicó buena parte de su existencia a hacer reír a los demás terminó librando una batalla privada que buena parte del público desconocía. Pero su legado no debería quedar reducido a su muerte. Robin Williams permanece en aquellas películas en las que consiguió algo mucho más difícil que provocar una carcajada: hacer que el espectador reconociera algo de sí mismo en personajes que reían, sufrían, se equivocaban y buscaban desesperadamente una segunda oportunidad.

 

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Con información e imágenes de:

Biography

Rotten Tomatoes

CBS News

IMdB