Fue el gran héroe de la aviación de los años veinte, el hombre que cruzó solo el Atlántico y convirtió su nombre en leyenda. Pero la vida de Charles Lindbergh también estuvo marcada por una tragedia familiar devastadora y por controversias políticas que ensombrecieron sus últimos años.
Charles Augustus Lindbergh nació el 4 de febrero de 1902 en Detroit, Michigan, aunque pasó buena parte de su infancia en Little Falls, Minnesota. Su padre, Charles August Lindbergh, era abogado y congresista republicano, mientras que su madre, Evangeline Lodge Land, era química y profesora.
Desde muy joven mostró una extraordinaria curiosidad por las máquinas. Le fascinaban los automóviles, las motocicletas y, finalmente, los aeroplanos, que a principios del siglo XX todavía eran considerados artefactos casi experimentales. Habían pasado apenas unos años desde el primer vuelo de los hermanos Wright en Carolina del Norte.
En 1922 abandonó sus estudios de ingeniería en la Universidad de Wisconsin después de aproximadamente un año y medio y se trasladó a Nebraska para aprender aeronáutica. Allí comenzó a familiarizarse con los aviones y pronto se convirtió en "barnstormer", uno de aquellos pilotos que recorrían pequeñas poblaciones ofreciendo exhibiciones aéreas, vuelos acrobáticos y saltos en paracaídas.
En 1924 ingresó en el Army Air Service, la fuerza aérea del Ejército estadounidense que precedió a la actual Fuerza Aérea, y obtuvo su licencia como piloto militar. Al año siguiente se incorporó como piloto de correo aéreo, volando entre San Luis y Chicago.
Aquella experiencia resultaría fundamental: Lindbergh adquirió una enorme confianza en el vuelo de larga distancia y aprendió a enfrentarse a condiciones meteorológicas difíciles, navegación nocturna y aterrizajes de emergencia.
El reto que cambió la historia
A comienzos de 1927, Lindbergh decidió participar en uno de los grandes desafíos de la aviación de la época. El empresario hotelero francés-estadounidense Raymond Orteig había ofrecido 25.000 dólares a quien consiguiera realizar el primer vuelo sin escalas entre Nueva York y París.
Varios aviadores experimentados ya lo habían intentado y algunos habían muerto en el empeño. Lindbergh, con apenas 25 años, era prácticamente un desconocido fuera del mundo aeronáutico.
Consiguió financiación de un grupo de empresarios de San Luis y encargó a Ryan Airlines, de San Diego, la construcción de un avión especialmente preparado para la misión. El resultado fue el monoplano Ryan NYP, bautizado después como Spirit of St. Louis. Obtuvo la matrícula NX-211, con la “N” que indicaba el código de registro de Estados Unidos, y la "X" señalaba que se trataba de una aeronave con categoría experimental.
El avión tenía una característica que hoy resulta casi increíble: el piloto prácticamente no podía ver hacia adelante. El enorme depósito de combustible ocupaba la parte frontal para mejorar la distribución del peso y la autonomía, por lo que quien estuviese al mando debía utilizar un periscopio o mirar lateralmente para orientarse.
El aparato fue construido con una sola prioridad: reducir peso y llevar suficiente combustible para atravesar el Atlántico. No había radio convencional, ni piloto de relevo, ni instrumentos de navegación comparables con los actuales. Era, en esencia, un hombre solo dentro de una máquina rudimentaria frente a un océano de 5.800 kilómetros.
33 horas y media sobre el Atlántico
El 20 de mayo de 1927, a las 7:52 de la mañana, Lindbergh despegó desde Roosevelt Field, en Long Island. Llevaba unos 1.700 litros de combustible, algo de comida y apenas lo imprescindible para sobrevivir. Durante el trayecto encontró niebla, lluvia, hielo y fuertes turbulencias. Además, tuvo que mantenerse despierto durante más de un día y una noche. Después de 33 horas y 30 minutos de vuelo, en las que voló 3.610 millas —unos 5.810 kilómetros—, ante sus ojos apareció finalmente París.
El Spirit of St. Louis aterrizó en Le Bourget la noche del 21 de mayo, y una multitud de aproximadamente 100.000 personas se abalanzó sobre el pequeño avión para recibir al joven estadounidense.
Lindbergh había conseguido lo que parecía imposible: el primer vuelo transatlántico sin escalas y en solitario entre Nueva York y París. Ganó el premio Orteig, pero obtuvo algo mucho más importante: se convirtió en uno de los hombres más famosos del planeta.
"Lone Eagle"
La hazaña provocó una verdadera fiebre por la aviación en Estados Unidos. El fenómeno llegó a conocerse como el "Lindbergh boom": aumentaron el interés por volar, las inversiones en la industria aeronáutica y las expectativas sobre el futuro de la aviación comercial.
Lindbergh recibió la Distinguished Flying Cross estadounidense y la Legión de Honor francesa. Después recorrió Estados Unidos con el Spirit of St. Louis. En una gira de 95 días visitó 82 ciudades de los entonces 48 estados continentales y se calcula que unos 30 millones de personas acudieron a verlo. También realizó vuelos por México, Centroamérica, el Caribe y Sudamérica. La aeronave se encuentra hoy en el Museo del Aire y el Espacio del Instituto Smithsoniano, colgada, como si todavía estuviese volando.
En 1929, Charles Lindbergh se casó con Anne Morrow, escritora e hija del embajador estadounidense Dwight Morrow. Anne se convertiría también en una destacada aviadora y colaboradora de su esposo.
Un retorcido giro del destino
El matrimonio parecía disfrutar de una vida privilegiada, hasta que la fama de Lindbergh se convirtió en una pesadilla. El 1 de marzo de 1932, el hijo de la pareja, Charles Augustus Lindbergh Jr., de apenas 20 meses, fue secuestrado de su habitación en la residencia familiar de Hopewell, Nueva Jersey.
El secuestrador había colocado una escalera contra la vivienda y entrado por una ventana. En el dormitorio dejó una nota en la que exigía 50.000 dólares de rescate.
El caso provocó una de las mayores conmociones de la historia criminal estadounidense. La prensa se instaló prácticamente alrededor de la familia y aparecieron falsos informantes, impostores y supuestos intermediarios. Los Lindbergh terminaron pagando el rescate a través del profesor retirado John Condon, que actuó como intermediario. Pero el niño nunca regresó.
Pocos días después, el 12 de mayo, un camionero encontró el cuerpo del pequeño, parcialmente enterrado, a poca distancia de la vivienda. El examen forense determinó que había muerto como consecuencia de un fuerte golpe en la cabeza, probablemente poco después del secuestro.
La tragedia fue devastadora para los Lindbergh y transformó para siempre su relación con la prensa y con el público.
Nacimiento de una nueva era policial
La investigación se prolongó durante más de dos años. El dinero del rescate, entregado en certificados de oro identificables, terminó siendo una de las principales pistas. En septiembre de 1934, un billete utilizado en una gasolinera condujo hasta Bruno Richard Hauptmann, un carpintero alemán residente en el Bronx.
Los investigadores encontraron más dinero del rescate en su poder y posteriormente relacionaron su escritura con las notas recibidas por la familia. También se compararon sus herramientas con las marcas encontradas en la escalera utilizada para entrar en la casa. Hauptmann fue condenado por el asesinato y ejecutado en la silla eléctrica en 1936.
Pero el caso produjo una consecuencia histórica todavía mayor. En aquel momento, el secuestro no era automáticamente un delito federal. La conmoción nacional llevó al Congreso a aprobar, en junio de 1932, la Federal Kidnapping Act, conocida como Lindbergh Act, que otorgó al Gobierno federal y al FBI competencias específicas para investigar secuestros en determinadas circunstancias, especialmente cuando existía traslado entre estados.
El entonces director del Bureau of Investigation, J. Edgar Hoover, intervino prácticamente desde los primeros días y convirtió el caso en una enorme operación de coordinación policial. El laboratorio técnico del Bureau también desempeñó un papel importante en el análisis de las notas de rescate.
Suele afirmarse que el secuestro del niño Lindbergh fue decisivo para la transformación del Bureau of Investigation en la moderna estructura del FBI. Aunque esa dependencia policial ya existía desde 1908, fue el caso Lindbergh lo que impulsó decisivamente la ampliación de sus competencias y consolidó su papel federal en la investigación criminal.
El Atlántico dejaba de ser una frontera
La hazaña de Lindbergh tampoco puede entenderse aisladamente. Aquellos años fueron una verdadera edad heroica de la aviación, en la que pilotos de diferentes países competían por demostrar que el planeta podía ser conectado desde el aire.
En 1922, cinco años antes de Lindbergh, los portugueses Gago Coutinho y Sacadura Cabral habían realizado la primera travesía aérea del Atlántico Sur entre Lisboa y Río de Janeiro. Su hazaña fue particularmente innovadora porque Gago Coutinho desarrolló un sistema de navegación basado en un sextante adaptado con horizonte artificial, dispositivo que le permitía determinar la posición del avión sobre el océano.
Y en enero-febrero de 1926, los españoles Ramón Franco, Julio Ruiz de Alda, Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada realizaron el histórico vuelo del Plus Ultra, desde Palos de la Frontera hasta Buenos Aires. La travesía, efectuada en un hidroavión Dornier Wal, fue la primera conexión aérea entre España y Argentina y constituyó una de las grandes gestas aeronáuticas de la década.
Todos ellos formaron parte de una generación que convirtió el avión, todavía frágil y peligroso, en el gran símbolo tecnológico de un mundo que empezaba a hacerse más pequeño.
Del héroe nacional al hombre controvertido
La tragedia familiar hizo que Lindbergh y Anne buscaran mayor privacidad. En 1935 se trasladaron con su familia a Europa y durante varios años vivieron principalmente entre Inglaterra y Francia. Sin embargo, el aviador terminaría protagonizando otra clase de controversia.
Durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial se convirtió en uno de los principales representantes del aislacionismo estadounidense y en portavoz del America First Committee, organización que se oponía a la entrada de Estados Unidos en el conflicto europeo.
Lindbergh viajó a Alemania y recibió en 1938 la Cruz del Águila Alemana con Estrella, una condecoración otorgada por Hermann Göring en nombre del régimen nazi. Aunque posteriormente negó simpatías nazis y terminó condenando los crímenes del régimen, nunca devolvió la medalla.
Su posición alcanzó uno de sus puntos más polémicos en septiembre de 1941, cuando pronunció en Des Moines un discurso en el que señaló a británicos, al Gobierno de Franklin D. Roosevelt y a los judíos estadounidenses como fuerzas que, según él, empujaban al país hacia la guerra.
El discurso fue ampliamente condenado como antisemita y dañó gravemente su reputación. El Museo Nacional del Aire y el Espacio del Smithsonian señala actualmente que Lindbergh no fue un nazi, pero reconoce que mantuvo posiciones antisemitas y mostró interés por la eugenesia.
Segunda Guerra Mundial y una inesperada vuelta a los cielos
Después del ataque japonés a Pearl Harbor y la entrada de Estados Unidos en el conflicto bélico, Lindbergh quiso incorporarse al esfuerzo militar.
Su historial político hizo que el Gobierno de Roosevelt no aceptara devolverle un puesto oficial en las Fuerzas Armadas. Sin embargo, terminó trabajando como consultor civil de aviación y en 1944 consiguió desplazarse al Pacífico como asesor.
Allí volvió a hacer aquello que mejor sabía hacer: volar. Participó en misiones de combate como asesor y piloto civil, ayudó a los aviadores estadounidenses a mejorar la autonomía de sus aviones, hechos que demostraron que, pese a sus 42 años, todavía poseía una extraordinaria capacidad como piloto.
Su relación con la aviación nunca terminó de romperse.
Lejos de los reflectores
Después de la guerra, Charles Lindbergh se fue apartando progresivamente de la exposición pública. Continuó escribiendo, investigando cuestiones relacionadas con la tecnología y el medio ambiente y colaborando con proyectos científicos. También participó junto al cirujano francés Alexis Carrel en investigaciones sobre un dispositivo precursor del corazón artificial durante los años treinta.
Con el paso del tiempo, el hombre que alguna vez había sido perseguido por multitudes comenzó a buscar precisamente lo contrario: silencio y aislamiento. Terminó estableciendo una residencia en Kipahulu, en la isla de Maui, Hawái, un lugar remoto que le permitió vivir prácticamente alejado de la atención pública.
Allí pasó sus últimos años junto a Anne y algunos de sus hijos.
Adiós al "Lone Eagle"
El 26 de agosto de 1974, Charles Lindbergh murió en su casa de Kipahulu, Maui, a los 72 años. La causa fue un determinada como enfermedad de Hodgkin, un cáncer del sistema linfático.
Su muerte ocurrió casi medio siglo después de aquella mañana de mayo de 1927 en la que despegó de Long Island rumbo a París. Fue enterrado ese mismo día en el pequeño cementerio junto a la iglesia de Kipahulu, de acuerdo con sus deseos y en una ceremonia sencilla a la que asistieron únicamente familiares cercanos.
Había pasado de ser el héroe solitario que conquistó el Atlántico a convertirse en una de las figuras más complejas de la historia estadounidense del siglo XX.
Su legado permanece necesariamente dividido: por un lado, el extraordinario aviador que demostró que el océano podía dejar de ser una barrera para el transporte aéreo y ayudó a impulsar la aviación moderna; por otro, un hombre marcado por una tragedia familiar inimaginable y por posiciones políticas y raciales que ensombrecieron profundamente su figura.
Quizás esa contradicción sea la mejor manera de recordar a Charles Lindbergh: no como una estatua, sino como un personaje histórico de dimensiones humanas, capaz de protagonizar una de las mayores hazañas de su tiempo y, al mismo tiempo, de cargar durante toda su vida con las consecuencias de sus decisiones y de sus tragedias.
En 1973, Dolly Parton escribió una canción como despedida a su compañero profesional Porter Wagoner. Años después, Elvis Presley quiso grabarla, pero una exigencia de su representante motivó una de las decisiones más importantes de la carrera de Parton: negarse y conservar los derechos de su canción. El destino, con el tiempo, le daría la razón.
Nacido en Argentina y radicado desde hace décadas en Austria, Helmut Ditsch ha construido una obra singular alrededor de montañas, glaciares, mares y desiertos. Pintor, alpinista, músico y escritor, su universo creativo desborda los límites del lienzo.
El compositor y tecladista francés celebra 78 años convertido en una de las figuras fundamentales de la música electrónica. Desde Oxygène hasta sus espectaculares conciertos con láseres, proyecciones, orquestas sinfónicas y multitudes en las calles, Jarre hizo del sonido y la tecnología un espectáculo total.